Consideraciones vanas
viernes, 22 de abril de 2011
algo de un día cualquiera
me duele muchisimo el cuello y la cabeza, me pregunto cuando me voy a poder desprender de este peso que me asfixia. hace tantos años que quiero cambiar, aprender a relajarme, entregarme mansa a la vida sin preocupaciones absurdas, sin problemas que no entiendo y que no se cómo solucionar
viernes, 4 de febrero de 2011
A veces estallo, a veces me contradigo, a veces lloro
Me importa un carajo tu actitud escrutadora, yo se quien soy, y todavía estoy intentando aceptarme a mí misma. No necesito que resaltes mis defectos, los conozco bien, sabés cuáles son mis puntos débiles, sabés que caracteriza más mi forma de ser, también sabés lo mucho que me incomoda ser consciente de eso, lo mucho que me cuesta asumirlo. Toda mi vida fui así, racional, intelectual, como quieras llamarlo. No me considero nada, leo desquiciadamente desde los 5 años, siempre tuve facilidad para aprender y por eso me gusta tanto hacerlo. Cuando leo una novela, escucho un disco, veo una pelicula, me guste o no, siempre voy a intentar considerarlos desde su contexto y valorarlos por eso, por más que no los haya soportado, y eso no me convierte en un puaner insportable, mucho menos en un snob. Soy así desde que tengo memoria, muchos de mis gustos son estéticos, pero muchos también son intelectuales, porque me interesan casi en igual grado y tengo una clara tendencia a enfocar todo desde los dos puntos. Son como dos corrientes que se contradicen continuamente, me vuelven loca. Por eso me sentí tan a gusto con Rayuela cuando lo leí, por eso me llegó tanto, y ese acercamiento, sí, es puramente intuitivo, carnal, emotivo. Mi emotividad está presente siempre, vos lo sabés bien, vos conocés ese lado mío también, por eso me revienta tanto que te relamas en sarcasmo muchas veces que hablamos. Sabiendo, a su vez, que yo se qué estas diciendo, que lo charlamos miles de veces, que yo te conozco y te interpreto, que se me escapan pocas cosas. Eso es una virtud y un defecto, no me jacto de ello, me atormenta ser tan complicada, tan despierta a veces, tan comprensiva, tan capaz de absorber un punto de vista, y otro, y reconocer que los dos tienen razón. Pero ahora hablo de una primera impresión, de piel, de energía, no estoy en ningún debate argumentativo. De vos a veces percibo mucha mala onda, así de simple, rechazo, desprecio, soberbia, indiferencia, inmutabilidad, maldad sutil pero presente, y me duele muchísimo. A veces siento que algo se rompió entre nosotras, y que lo que nos diferencia ahora es irreconciliable. Más me enerva saber que los defectos que nombrás en mí están también presentes en vos, en una medida no muy dispar, y que debe ser eso lo que nos une, nuestra asquerosa racionalidad inconsciente, perseverante, invasiva, asficciante. Mi "pulcra y armoniosa biblioteca", ¿no es también la tuya? ¿Acaso no es eso de lo que hablamos tantas veces, de nuestra intolerable tendencia al orden, la puntualidad, la limpieza, la perfección? ¿No te cansaste de decrirme que ese eso lo que tanto te aleja tanto de tu novio? No entiendo con qué necesidad tenés que resaltarlo, más haciendo alusión a ello como algo que me pertenece sólo a mí, y que me define por completo. Yo se que no es así, quiero creer que no es así, quiero que dejes pensarlo y de decirlo, de tenerlo tan presente. Quiero que dejes de pudrir todo, quiero que limpies tu cara de orto de una vez, quiero que ceces de contaminar todo evento social con tu actitud molesta, incómoda, asqueada. No puedo creer lo que digo, a veces me siento tan lejos de vos..
miércoles, 26 de enero de 2011
Dioses han pasado antes...
Dioses han pasado antes entre los hombres, las Musas
radiantes y el joven Apolo, curando, inflamando,
los corazones, como tú.
Te veo semejante a ellos, mientras avanzo en la vida
tal un enviado de algún Inmortal,
y la imagen de mi heroína me acompañará siempre,
hasta la muerte,
en todo lo que me haga sufrir así como también
en la obra que creo con amor.
Esta es la lección que ella me ha dado.
Vivamos, pues; tú, que compartes mis sufrimientos
y mis luchas, mi fervor, mi fe
y la constancia con que tiendo a una edad más bella.
¿Acaso no estamos los dos vivos? Y más tarde,
en los años que vengan, cuando el genio sea de nuevo
reconocido, dirán de nosotros:
"Esos solitarios, por el amor inspirados, se forjaron
un mundo secreto, que sólo los dioses conocían. Pues
aquellos que sólo atienden a las cosas perecederas,
se hunden juntos en el Orcus,
pero ellos, en cambio, llegaron hasta los dioses.
Fieles a su profundo amor y al espíritu divino,
a fuerza de esperanza, paciencia y silencio
vencieron al destino."
Friedrich Holderlin
Gratitud
Gracias aroma
azul,
fogata
encelo.
Gracias pelo
caballo
mandarino.
Gracias pudor
turquesa
embrujo
vela,
llamarada
quietud
azar
delirio.
Gracias a los racimos
a la tarde,
a la sed
al fervor
a las arrugas,
al silencio
a los senos
a la noche,
a la danza
a la lumbre
a la espesura.
Muchas gracias al humo
a los microbios,
al despertar
al cuerno
a la belleza,
a la esponja
a la duda
a la semilla,
a la sangre
a los toros
a la siesta.
Gracias por la ebriedad,
por la vagancia,
por el aire
la piel
las alamedas,
por el absurdo de hoy
y de mañana,
desazón
avidez
calma
alegría,
nostalgia
desamor
ceniza
llanto.
Gracias a lo que nace,
a lo que muere,
a las uñas
las alas
las hormigas,
los reflejos
el viento
la rompiente,
el olvido
los granos
la locura.
Muchas gracias gusano.
Gracias huevo.
Gracias fango,
sonido.
Gracias piedra.
Muchas gracias por todo.
Muchas gracias.
Oliverio Girondo,
agradecido.
azul,
fogata
encelo.
Gracias pelo
caballo
mandarino.
Gracias pudor
turquesa
embrujo
vela,
llamarada
quietud
azar
delirio.
Gracias a los racimos
a la tarde,
a la sed
al fervor
a las arrugas,
al silencio
a los senos
a la noche,
a la danza
a la lumbre
a la espesura.
Muchas gracias al humo
a los microbios,
al despertar
al cuerno
a la belleza,
a la esponja
a la duda
a la semilla,
a la sangre
a los toros
a la siesta.
Gracias por la ebriedad,
por la vagancia,
por el aire
la piel
las alamedas,
por el absurdo de hoy
y de mañana,
desazón
avidez
calma
alegría,
nostalgia
desamor
ceniza
llanto.
Gracias a lo que nace,
a lo que muere,
a las uñas
las alas
las hormigas,
los reflejos
el viento
la rompiente,
el olvido
los granos
la locura.
Muchas gracias gusano.
Gracias huevo.
Gracias fango,
sonido.
Gracias piedra.
Muchas gracias por todo.
Muchas gracias.
Oliverio Girondo,
agradecido.
lunes, 3 de enero de 2011
Escepicismo Pirrónico
21. Diógenes Laercio, IX.60
Por la impasibilidad y el buen temperamento de su vida <Anaxarco> era llamado “hombre de la felicidad”. Precisamente era capaz de inducir a la moderación con la mayor facilidad.
22. Aristocles según Eusebio, 14.18.1-5.
Ante todo es necesario investigar concienzudamente acerca de nuestro propio conocimiento, pues si resulta que no conocemos nada, entonces es preciso no investigar nada respecto de las demás cosas. Hubo también algunos entre los antiguos que realizaban este planteo, a quienes se opuso Aristóteles. Planteó esto con vigor Pirrón de Elis, pero no ha dejado nada por escrito, aunque su discípulo Timón dice que el que va a ser feliz
debe ver por esas tres cosas: en primer lugar, cómo son las cosas; en segundo lugar, de qué modo es necesario que estemos dispuestos respecto de ellas, y finalmente, qué le sucederá a los que son así. Dice que aquél afirmaba que las cosas son igualmente indiferentes, inestables e indeterminadas, por eso ni nuestras percepciones ni opiniones dicen verdad o falsedad. Entonces por eso es preciso no confiar en ellas, sino ser carentes de opiniones, sin inclinaciones y sin agitaciones, diciendo acerca de cada cosa que no es más que no es o que tanto es como no es o ni es ni no es. A los que estén así dispuestos dice Timón que les sobrevendrá la superfluidad del discurso, y luego la imperturbabilidad, mientras que Enesidemo dice que el placer. Lo principal de lo que es dicen es esto.
26. Focio, Biblioteca, 169b18-170b3:
Leí los ocho Discursos pirrónicos de Enesidemo. El objetivo general del libro es establecer que no hay base firme para la cognición, ya sea a través de la sensopercepción, o incluso a través del pensamiento. En consecuencia, dice, ni los pirrónicos ni los otros saben la verdad en las cosas, pero los filósofos de otras persuasiones, así como son en general ignorantes, se desgastan
inútilmente y se enredan en continuos tormentos, son también ignorantes del hecho mismo de que no tienen cognición de ninguna de las cosas en las que piensan que han ganado cognición.
Pero el que filosofa de acuerdo con el modo de Pirrón es feliz no sólo en general sino también, y especialmente, en la sabiduría de conocer que no tiene cognición firme de nada. E incluso con respecto a lo que conoce, tiene la propiedad de asentir no más a esta afirmación que a su
negación. El esquema completo del libro está dirigido hacia el propósito que mencioné. Al escribir los discursos Enesidemo se dirige a Lucio Tíbero, uno de sus colegas de la Academia,
romano de nacimiento, con ilustres ancestros y una distinguida carrera política. En el primer
discurso diferencia entre los pirrónicos y los académicos casi con estas mismas palabras. Dice
que los académicos son doctrinarios: postulan ciertas cosas con confianza y de manera no
ambigua niegan otras. Los pirrónicos, por otra parte, son aporéticos y están libres de toda
doctrina. Ni uno de ellos ha dicho o que todas las cosas no son cognitivas o que son cognitivas,
sino que no son más de un tipo que del otro, o que son unas veces de un modo y otros de otro, o
que para una persona son de este modo, para otra no, y para otra persona directamente no
existen. Tampoco dicen que todas las cosas en general, o algunas cosas, sean accesibles para
nosotros, o no lo sean, sino que no son más accesibles para nosotros que no accesibles, o que
son unas veces accesibles para nosotros, otras no, o que son accesibles para una persona pero no
para otra. Tampoco, a su vez, dicen que exista lo verdadero y lo falso, lo convincente o no
convincente, lo existente o no existente. Por el contrario, la misma cosa es, debería decirse, no
más verdadera que falsa, convincente que no convincente, o existente que no existente, o
algunas veces una y otras otra, o de tal modo para una persona pero no para otra. Así, el
pirrónico no determina absolutamente nada, ni su afirmación de que nada es determinado. (Lo
planteamos así, dice por la falta de un modo de expresar este pensamiento). (…) Así, los seguidores de Pirrón, al no determinar nada,
permanecen absolutamente más allá de reproches, mientras los académicos, dice, incurren en un
examen similar al que enfrentan otros filósofos. Sobre todo, los pirrónicos, al proyectar dudas
sobre todas las tesis, mantienen la consistencia y no generan conflicto consigo mismos, dado que
hacer afirmaciones no ambiguas y negaciones, estableciendo al mismo tiempo la generalización
de que no hay cosas cognitivas, introduce un innegable conflicto: ¿cómo es posible reconocer
que esto es cierto, esto es falso, y contemplar la perplejidad y la duda, y no hacer una clara
elección de una y el rechazo de la otra? Si no se conoce que esto es bueno o malo, o que esto es
verdadero pero esto es falso, y esto existente pero aquello no existente, se debe por cierto
admitir que cada una de ellas es no cognitiva, pero si ellos reciben cogniciones autoevidentes
por medio de la sensopercepción o el pensamiento, debemos decir que cada una es cognitiva.
28. Sexto Empírico, Esbozos pirrónicos, I.14
Pues bien, entre los primeros escépticos los trópos por los que parece regirse la
suspensión del juicio -a los que por otro nombre denominan “argumentos” o “tipos de
argumentación”- se transmiten habitualmente en número de diez. Y son éstos:
El primero, el de “según la diversidad de los animales”.
El segundo, el de “según la diversidad de los hombres”.
El tercero, el de “según las diferentes constituciones de los sentidos”.
El cuarto, el de “según las circunstancias”.
El quinto, el de “según las posiciones, distancias y lugares”.
El sexto, el de “según las interferencias”.
El séptimo, el de “según cantidades y composiciones de los objetos”.
El octavo, el de “a partir del con relación a algo”.
El noveno, el de “según los sucesos frecuentes o los raros”.
El décimo, el de “según las formas de pensar, costumbres, leyes, creencias míticas y
opiniones dogmáticas”.
Siguiendo la costumbre sirvámonos de este orden. Aunque hay tres trópoi que engloban
estos diez; el de “a partir del que juzga”, el de “a partir de lo que se juzga” y el de ambas cosas.
Al de “a partir del que juzga” están subordinados los cuatro primeros, pues el que juzga es un
animal o un hombre o uno de los sentidos y lo hace en alguna circunstancia. Al de “a partir de lo
que se juzga” el séptimo y el décimo. Y al que resulta de ambos, el quinto, sexto, octavo y
noveno.
A su vez, estos tres se retrotraen al de con relación a algo. De modo que el de con
relación a algo es el más general y los tres son los específicos, de los que derivan los diez.
Eso decimos sobre su número, siguiendo lo probable. Sobre su contenido, lo siguiente.
[1] Decíamos que el primero es una argumentación según la cual, en virtud de la
diferencia entre los animales, de cosas idénticas no se ofrecen imágenes idénticas. Eso lo
explicamos a partir de la diversidad de sus estructuras corporales.
Pues bien, en cuanto a los orígenes, vemos que entre los animales, unos son engendrados
fuera de la unión sexual y otros a partir de la cópula. Y entre los engendrados asexualmente,
unos surgen del fuego, como los bichitos que aparecen en los hornos; otros del agua corrompida,
como los mosquitos comunes; otros del vino agriado, como los mosquitos del vinagre; otros de
la tierra; otros de una charca, como las ranas; otros del lodo, como los gusanos de la tierra; otros
de los asnos, como los escarabajos; otros de las verduras, como las orugas; otros de los frutos,
como las moscas de los cabrahigos; otros de los animales en descomposición, por ejemplo las
abejas, de los toros, y las avispas, de los caballos. (...)
Es normal, pues, que de esas grandes desigualdades y diferencias en la génesis
produzcan modos de sentir opuestos, trayendo como consecuencia lo incompatible, lo
discordante y lo contradictorio. (...)
[2] El segundo decíamos que era el de “a partir de la diferencia entre los hombres”.
Incluso en el caso de que uno aceptara a título de hipótesis que los hombres son más fiables que
los animales irracionales, encontraremos que la suspensión del juicio viene inducida también por
la diferencia entre nosotros; porque, como es sabido, se dice que hay dos cosas de las que el
hombre se compone -el alma y el cuerpo- y en las dos somos diferentes unos de otros.
Por ejemplo, en cuanto al cuerpo, diferimos en los rasgos externos y en las características
orgánicas. Así, el cuerpo de un escita difiere en los rasgos externos del de un hindú, y la
diversidad la establece, según dicen, la distinta preponderancia de los humores orgánicos. Según
esa misma preponderancia de los humores se forman también diferentes representaciones
mentales, como indicamos en el primer tipo de argumentación. Por eso mismo se da entre los
hombres mucha diferencia también en la elección y rechazo de las cosas externas. Los hindúes,
en efecto, disfrutan con unas cosas y los nuestros con otras, y el disfrutar con cosas diferentes es
señal de recibir imágenes diferentes de los objetos. (...)
Pero si las cosas mueven el ánimo de modo diferente según los distintos hombres,
también de eso podría seguirse lógicamente la suspensión del juicio; siendo nosotros
seguramente capaces de decir qué parece cada uno de los objetos según cada una de esas
diferencias, pero no estando capacitados para declarar qué es objetivamente.
Pues evidentemente, o creeremos a todos los hombres o a algunos. Pnero si todos,
pretenderemos lo imposible y aceptaremos cosas contradictorias. Y si a algunos, dígannos a
cuáles hay que dar la razón; pues el platónico dirá que a Platón, el epicúreo a Epicuro y
análogamente los demás; y así, peleándose sin posible acuerdo, nos llevarán de nuevo a la
suspensión del juicio.
Y el que dice que se debe estar de acuerdo con la mayoría propone una cosa pueril, al no
poder nadie consultar a todos los hombres y calcular lo que agrada a la mayoría; pues es posible
que en algunas etnias que no conocemos sea natural para la mayoría lo que entre nosotros es
raro y que sea raro lo que se da entre la mayoría de nosotros; por ejemplo, que los más no
sientan dolor cuando son mordidos por tarántulas y que raramente lo sientan algunos; y lo
mismo sobre las demás características orgánicas antes tratadas. Así pues, es forzoso que la
suspensión del juicio se siga también de la diferencia entre los hombres.
Y cuando los dogmáticos -que tan prendados de sí mismos están algunos- dicen que en el
enjuiciamiento de las cosas debe dárseles más crédito a ellos que a los demás hombres, estamos
seguros de que su pretensión es absurda; pues ellos mismos son pare de la disputa y, al enjuiciar
los fenómenos así, dándose de entrada la razón a sí mismos, se apoderan de lo investigado antes
de dar comienzo a la investigación, pues se asignan a sí mismos la decisión.
[3] Sin embargo, con el fin de llegar a la suspensión del juicio parece situando la
argumentación incluso en una sola persona -por ejemplo en aquel de entre ellos que se vea en
sueños hecho un sabio- vamos a tratar del tropo tercero según esta ordenación. Lo
denominábamos el de “a partir de la diferencia entre los sentidos”. (...)
Cada una de las cosas sensibles que nos son manifiestas parece ofrecerse bajo diversos
aspectos; por ejemplo, la manzana aparece como lisa, fragante, dulce o amarilla. Pues bien, no
está claro si en realidad tiene sólo esas cualidades o si existe una única cualidad que se
manifiesta de diversas formas según la diferente estructura de los sentidos o si tiene incluso más
cualidades de las que aparecen, aunque algunas de ellas no se nos ofrezcan a nosotros.
El que exista una única cualidad es posible, en efecto, inferirlo de lo ya dicho por
nosotros sobre el alimento distribuido a los cuerpos, sobre el agua distribuida a los árboles y
sobre el aire que se sopla en la flauta, la siringa o instrumentos análogos. También la manzana,
en efecto, puede que sea de una única forma y que se observe distinta según los diferentes
sentidos en los que tiene lugar su percepción.
El que la manzana puede tener más cualidades de las que nos aparecen, lo razonamos así:
imaginemos que alguien tiene de nacimiento los sentidos del tacto, el gusto y el olfato, pero que
ni ve ni oye. Ese tal supondrá que la substancia original de las cosas no es ni visible ni audible,
sino que sólo existen aquellos tres tipos de cualidades que él puede percibir. Así, también es
posible que teniendo nosotros sólo los cinco sentidos, únicamente percibamos de las cualidades
de la manzana las que somos capaces de captar; pero es posible que se den otras cualidades que
caigan bajo otros tipos de sentidos de los que nosotros no estamos dotados, razón por la cual
tampoco percibimos lo perceptible por ellos. (...)
Ahora bien, si los sentidos no captan lo externo, tampoco la inteligencia puede captarlo.
Con lo que parece claro que también a través de esta argumentación se sigue las suspensión del
juicio en lo relativo a los objetos exteriores.
[4] Y para poder concluir en la suspensión del juicio poniendo la argumentación en
alguno sólo de los sentidos o haciéndola independiente de los sentidos, recurrimos también a su
cuarto tropo. Y es el que se ha denominado “según las circunstancias”, entendiendo por
circunstancias las disposiciones en que uno puede hallarse. Y decimos que éste se observa:
en lo de hallarse en un estado normal o uno anormal
en lo de estar despierto o dormido
en lo tocante a la edad
en lo tocante a lo de moverse o estar parado
en lo tocante a lo de odiar o amar
en lo tocante a lo estar hambriento o harto
en lo tocante a lo de estar ebrio o sobrio
en lo tocante decir que no está en ninguna disposición en absoluto -por ejemplo, ni sano
ni enfermo; ni se mueve ni está quieto; ni es de ninguna edad; y escapa a las demás
disposiciones- es totalmente absurdo.
Y si enjuicia las representaciones mentales estando en alguna disposición, será parte en
la discusión. (...)
Así pues, nadie puede anteponer una representación mental a una representación mental -
ni sin demostración y criterio ni con ellos- serán indecidibles las diferentes representaciones
mentales surgidas según las diversas disposiciones. De suerte que también en virtud de este
tropo se sigue la suspensión del juicio.
[5] El quinto razonamiento es el de “según las posiciones, las distancias y los lugares”.
También, en efecto, según cada una de esas condiciones aparecen diferentes las mismas cosas.
Por ejemplo, el mismo pórtico, visto desde uno de los extremos, parece una cola de ratón, pero
desde el centro parece simétrico por todas partes. (...)
Pero si nadie va a ser capaz -ni sin demostración ni con demostración- de valorar las
antedichas representaciones mentales, se sigue la suspensión del juicio; pudiendo sin duda decir
nosotros cómo se muestra cada cosa según esta posición, esta distancia y este lugar, pero no
pudiendo, por lo dicho antes, comprobar cómo es objetivamente.
[6] El sexto tropo es el de “según las interferencias”; de acuerdo con el cual razonamos
que, puesto que ninguno de los objetos se nos ofrece en sí mismo sino junto con algo, quizá sea
posible decir cómo es la mezcla de ese objeto exterior y aquello junto con lo cual es observado,
pero no podríamos decir con seguridad cómo es el objeto exterior. (...)
Y dejando aparte las interferencias externas, nuestros ojos tienen en su interior tanto
membranas como humores; por consiguiente, las cosas que se ven -puesto que no se observan
sin eso- no serán percibidas con exactitud, pues percibimos la mezcla. (...)
Así pues, también según este tropo vemos que, al no poder decir nada sobre la naturaleza
de los objetos exteriores, estamos obligados a mantener en suspenso el juicio.
[7] Decíamos que el séptimo tropo era el de “según las cantidades y composiciones de
los objetos”, llamando en la forma habitual composiciones a las combinaciones. Es evidente que
también según este tropo nos vemos obligados a mantener en suspenso nuestro juicio sobre la
naturaleza de las cosas. Pues, por ejemplo, las esquirlas del cuerno de la cabra vistas
directamente y por separado parecen blancas, pero integradas en las estructura del cuerno se ven
negras. (...) Y el eléboro tomado en hebras o batido produce sofoco, pero si está en grano no. (...)
[8] El octavo tropo es el de “a partir del con relación a algo”; según el cual razonamos
que, como todas las cosas son con relación a algo, mantendremos en suspenso el juicio sobre el
qué son absoluta y objetivamente. Pero es preciso darse cuenta de una cosa: de que aquí, como
en otras partes, usamos el “son” en lugar de “aparecen”; como diciendo implícitamente “todas
las cosas aparecen como con relación a algo”. (...)
E incluso el que dice que no todo es con relación a algo confirma lo de que todo es con
relación a algo, pues hace ver que eso mismo de que todo es con relación a algo es según
nosotros pero no en general, por lo cual él nos contradice.
[9] Sobre el tropo de “según los sucesos frecuentes o los raros” -que decíamos que era el
noveno en la ordenación- exponemos algunas cosas como estas. El sol es sin duda más aterrador
que un cometa; pero como el sol lo vemos constantemente y el cometa raramente, nos
aterrorizamos del cometa hasta el punto de creer que es una señal de Zeus, mientras que del sol
no (nos asustamos) en absoluto; pero sin duda alguna, si imaginamos que el sol apareciera o se
pusiera muy de vez en cuando y que iluminara todo de golpe o hiciera cubrirse todas las cosas
de sombras repentinamente, nos daremos cuenta del mucho terror de la situación. (...)
[10] El décimo tropo -justamente el que más referencia hace a lo ético- es el de “según
las formas de pensar, costumbres, leyes, creencias míticas y opiniones dogmáticas”. (...) Pero
nosotros oponemos cada una de estas cosas unas veces contra sí misma y otras a cada una de las
demás. (...) De esta forma, pues, llegamos a la suspensión del juicio a través de los diez tropos.
29. Sexto Empírico, Esbozos pirrónicos, I.15
Los escépticos más recientes dan estos cinco tropos de las suspensión del juicio:
El primero, el de “a partir del desacuerdo”
El segundo, el de “caer en una recurrencia ad infinitum”
El tercero, el de “a partir del con relación a algo”
El cuarto, el de “por hipótesis”
El quinto, el del círculo vicioso
El de “a partir del desacuerdo” es aquél según el cual nos damos cuenta de la insuperable
divergencia de opiniones que surge en torno de la cuestión propuesta , tanto entre la gente
corriente como entre los filósofos; y por ella concluimos en las suspensión del juicio al no poder
elegir ni rechazar ninguna.
El de “a partir de la recurrencia ad infinitum” es aquel en el que decimos que lo que se
presenta como garantía de la cuestión propuesta necesita de una nueva garantía; y esto, de otra; y
así hasta el infinito, de forma que, como no sabemos a partir de dónde comenzar la
argumentación, se sigue la suspensión del juicio.
El de “a partir del con relación a algo” es -según hemos dicho- el de que el objeto
aparece de tal o cual forma, según el que juzga y según lo que acompaña su observación, y que
nosotros mantenemos en suspenso el cómo es por naturaleza.
El de “por hipótesis” se da cuando, al caer en una recurrencia ad infinitum, los
dogmáticos parten de algo que no justifican, sino que directamente y sin demostración creen
oportuno tomarlo por convenio.
El tropo del círculo vicioso ocurre cuando lo que debe ser demostrado, dentro del tema
que se está investigando, tiene necesidad de una garantía derivada de lo que se está estudiando.
En ese caso, no pudiendo tomar ninguna de las dos cosas como base de las otra, mantenemos en
suspenso el juicio sobre ambas
miércoles, 29 de diciembre de 2010
La última inocencia estalló
Una foto pasada es justamente eso, la plasmación de una realidad inscripta en una lejanía insalvable. "La última inocencia estalló", sí, y nos dejó hechos trizas.
domingo, 26 de diciembre de 2010
Cabeza fluctuando en un aire irrespirable
Si siento culpa, me repito, no sé ¿Debería? la regla suprema es no forzarme a nada, quizás más bien me invade el miedo, miedo al juicio ajeno, a la representación tuya de mis acciones, a su escrutación detallada con tu mirada fría y tenaz. Casi 20 veces cumplí años y todavía no puedo desprenderme del miedo, la inseguridad se entromete disimulada y firme a condicionarme, a imponerme cómo ser. Pero la libertad está al alcance de mi mano, sólo debo extenderla y que ya no me importe nada. Los problemas sólo se crean cuando yo hago caso a tus acusaciones, mi verdad relativa es la única efectiva, porque no hay una absoluta, y yo jamás voy a entenderte. A partir de entonces está la libertad, el ambiente despreocupado y vívido, la sonrisa sellada en mi rostro, mis ademanes desenvueltos, el pensamiento que reposa mudo, mi esencia abarcándome entera, y desplegándose ilimitada por el espacio..
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